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De Quimeras y Ensoñaciones

Cana y Mora

Cana y Mora Me levantaba tan alegre y tan despierto al fuerte olor del aceite de oliva con que se hacía el pan frito por las mañanas con el que desayuna mi abuelo, que se me olvidaba vestirme, salía de la oscuridad de la habitación en ropa interior y descalzo, mirando si el abuelo estaba en la cocina, y si no la hallaba, como sucedía siempre, me lanzaba hacia la puerta que se abría al patio, festoneada con cortinas hechas de tiras a partir de chapas. Yo había ayudado a hacerlas, a mi modo, recogiendo de la tasca cuanta chapa de cerveza encontraba en el suelo, los días que acompañaba al abuelo en sus interminables partidas de cartas en ese bar con olor a morcilla guisada que tanto atraía a los forasteros. Mas tarde, el abuelo, con sus viejas tenazas, las iba doblando sobre si, retorciéndolas,  como puntas de flecha, y las uncía a la cuerda, no había dos iguales, aunque lo parecieran. Ni un solo día logré atravesar esa barrera sin que la abuela se diera cuenta, nunca he sabido como era capaz de sentirme, yo no hacía ruido –al menos yo no me oía a mí mismo -, y ella estaba de espaldas frente al hornillo de la cocina de carbón, pero me pegaba un grito tan estridente que mis ansias de libertad quedaban coartadas al instante y debía regresar a la habitación a vestirme adecuadamente, mi camisa, mis pantalones cortos, y calzarme los zapatos, después de lo cual, me llegaba hasta la abuela e invariablemente, le daba un beso de buenos días, y tenía que escucharla decir que me asease en la palangana, me quitase las legañas, me peinara como era debido y me sentara en la mesa a tomar el desayuno.
Miraba constantemente el mundo opaco del exterior a través de la luz que se filtraba entre las chapas de cerveza, y a pesar de mi nerviosismo, mis rodeos a su alrededor, mis tirones a su saya larga para apresurarla, nunca lograba poner nerviosa a la abuela, a ella no le importan mis deseos – pensaba yo, ó al menos eso creía – ni mis prisas, no podía estarme quieto en la silla, y la rondaba, toqueteaba todo lo que sobre la mesa alcanzaban mis manos, pues no me dejaba acercarme al fuego ni a la repisa de la cocina, a la cual difícilmente alcanzaba, y cuando por fin ella depositaba el desayuno a mi lado, lo engullía en un periquete, sin saborearlo, le volvía a dar un beso y salía corriendo hacia las cortinas gritando “el abuelo habrá esperado por mi” .

A veces maldecía aquellas cortinas, porque se enredaban unas con otras y me impedían el paso y tenía que estar desenredándolas, pero una vez traspasado aquel muro, el mundo libre se abría ante mi, subía corriendo el patio interior, jadeante, dejando atrás los macizos de flores que mi abuela cuidaba con sumo cariño, con sus  pendientes de la reina asomando en sus ramas, y el rosal, un arco de rosas que adornaba todo el cobertizo, por encima de la pila de lavar, y algún que otro parterre de geranios y flores desconocidas para mi, la tinaja de barro que se usó para vino, para macerar olivas, y ahora era almacén de reserva de agua, a veces, tenía que apartar los asientos de corcho que se interponían en mi camino al doblar la esquina de la pared de la cuadra, y allá, al final, estaba la cancela de madera que daba paso al corral grande, con su enorme higuera en el centro y la bodega al fondo. Era entonces cuando lo intuía, cuando mi ánimo se ponía triste al ver que ya no estaba ó al contrario, empezaba a latir aún más fuerte, mi ya alocado corazón de niño, pues él estaba allí, le había pillado, no se había logrado escapar de mí, su pesadilla, su trasto, su nieto alborotador que no le dejaba hacer nada. Bueno, yo no sabía que le entorpecía en su trabajo, quería ayudar, siempre dispuesto a echarle una mano, a traerle lo que el me pidiese, sobre todo, y especialmente, cuando había que jugar con la cana y la mora, hoy estaban muy lustrosas, allá plantadas las dos, junto a la higuera, tan grandes como los fardos de corcho amontonados en la era junto a los alcornoques, son la cosa más importante para mi, las quiero un montón, son la ilusión de mis pocos años de niño travieso, me hacen reír, me dejan jugar con sus rabos largos, sus ásperos pelos ensortijados de sus crines, los cortos y rasposos de sus cuerpos, y me embarga un deseo ambiguo de abrazarlas y quererlas y tenerlas a las dos para mí sólo, para siempre, para ello necesito al abuelo, para que me trepe sobre ellas y las pueda abrazar, a él también le quiero, le quiero mucho, pero siempre me olvido de él cuando las veo a ellas, me meto entre sus patas, correteo de un lado a otro, me cuelo entre medias de las dos y ellas, las muy traidoras siempre me delatan, empiezan a cabecear, a veces piafan y es cuando el abuelo se entera que yo ando por allí, me quiere mucho, pero dice que soy un estorbo y a veces llama a gritos a la abuela para que venga a buscarme y ella me lleva a rastras del corral, incluso hay días que me ata con un cinturón para que me esté quieto y no les dé la lata a ninguno de los dos, pero hoy no lo ha hecho, ni tan siquiera me ha regañado, debe de andar de muy buen humor, él nunca me da besos, tan sólo azotes en el culo, y hoy, a pesar de andar correteando entre las dos mulas, aturullándolas, apenas me ha prestado atención y ha seguido con su tarea.

Ellas son dos viejas mulas ya trabajadas, pero para mí son burros, mis burros, dos borricas bien plantadas, una de pelaje blanco sucio, ceniciento, canoso, la Cana, la otra es su contraste, oscura, del color de las olivas ó de los higos morados, la Mora, ambas me gustan por igual, aunque el abuelo diga que la Cana es tan terca y testaruda como una mula, y la Mora sea más disciplinada y sumisa, pero más perezosa, dice que yo me parezco a la Cana, un zascandil chiquilicuatre que no se hace caso de nadie, claro que, si les hiciese caso, nunca podría acercarme a ellas, ni tan siquiera para verlas, pero hoy el abuelo está displicente, tolerante, me deja que les dé de comer en mi mano, tienen unos dientes que asoman por sus belfos que dan miedo, yo ya no lo tengo ahora, pero asustan, parecen enormes piedras blancas dispuestas a triturar mis dedos al menor descuido.

El abuelo las está preparando, colocándoles los arreos, enganchándolas al carro, un carro de hojalata y madera, con ruedas enormes, descubierto, mientras yo le observo y no me estoy quieto, rondándole a él y a las mulas, toqueteándolo todo, pero soy así, no puedo remediarlo, no sé estarme quieto y creo que su aguante ya ha superado la dosis del día y se ha cansado de aguantarme, así pues que me ha cogido por debajo de los brazos y de un brinco me ha subido a lomos de la Mora, para que me quede quieto un rato. Los dos hemos conseguido nuestro propósito, él, que yo dejara de corretear entre las patas de las borricas, y yo, montar sobre una de ellas, a pelo, con mis piernas colgando a ambos lados, jugando a cabalgar, gritando, abrazándome a su cuello con el ímpetu de un niño de ocho años, imitador de vaqueros del cine del pueblo, de películas de indios en blanco y negro, bajo un griterío de guerra, que mi abuelo soportaba estoicamente mientras terminaba su tarea, aunque con los nervios algo desquiciados, con los cuales, para calmarme y calmarse a si mismo, me ha ido contando una historia, algo sobre un burro, y sobre un poeta, un escritor que dice que paseaba por las calles de su pueblo a lomos de un tal Platero, manso y de orejas enhiestas, me cuenta que era más que burro, su amigo, tal cual yo lo soy de la Cana y de la Mora, y mientras él me intriga con su historia, y me embelesa con ese cuento, que es inventado, para que me esté quieto, -fijo que no es cierto-, me fijo en que  hoy no llevaban alforjas, ni estaba el carro lleno de tratos diversos, y lucían más limpias que de costumbre.
Hoy, hoy iba a pasear con el abuelo por las calles del pueblo.  

Con cuanto orgullo conducía las riendas, gritando “arre, arre, aaaaarrrrreeee”, por la calle cuesta arriba, sostribado sobre la cubierta de madera y chapa del pescante del carro, era el niño más feliz del mundo, me daba unos aires de grandeza, unos humos, unas ínfulas de héroe de cuento vencedor de dragones por el cual suspiraran las princesas, mientras la Cana y la Mora me obedecían, al trote resonaban sus cascos en la calzada empedrada de adoquines, como si fuesen trompetas que anunciaran el ataque del séptimo de caballería, y yo fuese el general al mando de las tropas, tenía en mis manos el bastón de mando, aquellas riendas de cuero que guiaban mi mundo, el amo, el dueño, siempre bajo la atenta mirada de mi abuelo que sonreía al verme tan dichoso y más alocado, inclusive, que de costumbre. Esa sensación de sentirme dueño de mi pequeño mundo, me embargaba con tanta intensidad, que parecía volar, las calles corrían bajo mis pies, pasaban sin darme cuenta, observaba a mi abuelo saludando a algún que otro aldeano caminante, y mi orgullo se acrecentaba, se hacía gigante, yo deseaba también saludar, pero incapaz de soltar las riendas, brincaba sobre el suelo de madera y les gritaba salutaciones copiadas e imitadoras de las palabras de mi abuelo, para centrarme a continuación en mis dos borricas y gritarles a ellas con más brío, para que todos me oyeran, “arre Cana, arre” , “arre Mora, arre”, “venga chicas, arre, arre, arre” .  

Aún sigo en aquel carro, al lado de mi abuelo, llevando las riendas, se me ha aparecido en recuerdos, ha golpeado mi cerebro, mi mente, es curioso, ahora, a mis ochenta y cinco años lo recuerdo más nítidamente que lo que hice ayer. ¿Qué hice ayer? . Nada, lo de siempre, supongo, no lo recuerdo, ahora hago lo mismo todos los días, tedioso y anodino, y me aburre y por ello no lo recuerdo, quizá no lo recuerde por ser todos los días un igual al de ayer, ó quizá por mi enfermedad, que me han dicho que quizá se trate de Alzheimer.          

2 comentarios

Marietta -

Feliz Año Nuevo Jugador.
Hay una intuición inteligente en esa forma coloquial de referirse al Alzheimer, como un agente externo, un mangante de recuerdos, un saqueador de la memoria.
Un abrazo...... sigue.

Comella -

Feliz Navidad Jugador ;)Un fuerte abrazo.